1.1. La Segunda Guerra Púnica. Un estudio del conflicto que estableció el eje sobre el que pivotó Roma

El primer punto que deberíamos descartar al adentrarnos en este conflicto es el de la simplificación. Pensar que es “el típico conflicto de Tierra contra el Mar” resultaría en una imagen distorsionada de lo que podemos reconstruir de los conflictos vividos entre ambas ciudades-estado en un contexto de creación de un espacio imperial que perseguía la hegemonía de la centralidad y el occidente mediterráneo.

De modo que debemos observar que ambos pueblos crearon y pusieron en juego varias estrategias y una serie de transformaciones fruto de los tiempos y de la experiencia acumulada.

Al respecto, hay una serie de elementos objetivos que desde nuestra mentalidad de hoy día podemos percibir como elementos sobre los que pivotar para lanzarse a una guerra y obtener beneficio. Pero no podemos obviar la visión de Tucídides, difundida a través del helenismo y su cultura.

Para Tucídides podemos definir toda una serie de ideas-fuerza y que rigen la política internacional:

  • Miedo
  • Honor, o lo que hoy llamaríamos hipernacionalismo
  • Interés

La Primera Guerra Púnica fue una guerra por Sicilia. Los romanos, una vez ahuyentado el desafío que supuso la invasión de Pirro de Epiro, y que consolidaron sus posiciones en el sur peninsular, percibieron la fortaleza del comercio y el poder cartaginés implantado en Sicilia, isla más cercana que Cerdeña. Y también Sicilia implicaba un equilibrio de poder entre helenos y púnicos que habilitaba un juego de poder en el que Roma podría jugar, y alcanzar un casus belli que le permitiese el dominio de la gran isla que, junto al resto de sistema de pequeñas islas, es la base sobre la que controlar el paso entre las dos cuencas del Mediterráneo y entre Europa y África. Un lugar donde los griegos asentados allí habían alcanzado una posición hegemónica que giraba alrededor de Siracusa que dominaba el oriente de la isla, y que ejercía el dominio Hierón. Mientras que el resto de la isla contaba con la hegemonía de los cartagineses y su sistema de dominio, que parte de sus plazas fuertes en el occidente de la isla.

En su magistral estudio The Influence of Sea Power upon History, basado en las conferencias impartidas en el U.S. Naval War College, el almirante Alfred Thayer Mahan afirmaba que en la era moderna ningún Estado puede reclamar el título de gran potencia si no tiene la capacidad de dominar los mares o al menos sus propias costas. Además, quien es capaz de controlar la mayor parte de las rutas comerciales marítimas está destinado invariablemente a convertirse en la primera de las grandes potencias. En la ecuación de poder, una posición geográfica que permita concentrar las fuerzas navales y, cuando sea necesario, dispersarlas, tiene una importancia crucial. En sus fronteras, el Estado marítimo también debe poseer un litoral adecuado, salpicado de «numerosos puertos profundos», con acceso rápido a mar abierto y con «una población proporcionada a la amplitud de la costa que hay que defender». Aunque Mahan sostenía que el poder marítimo es esencial, es la geografía la que determina qué país está dotado de él.

Sin embargo, estas características físicas ventajosas no proporcionan por sí solas las herramientas necesarias para el dominio de las olas. La nación también debe estar dotada de un carácter especial. Debe apreciar el valor de las actividades en el mar, cuando no estar inmerso en ellas. Debe ser comercialmente agresiva, racionalmente orientada a la obtención de beneficios para reconocer lo que está en juego en los intercambios marítimos, alcanzable con persistencia y trabajo. Su ciudadanía debe participar en la Armada incluso en tiempos de paz, adquiriendo las habilidades y la experiencia para construir una amplia reserva que se movilice en caso de conflicto y para contribuir en cualquier caso a la vibrante empresa marítima a través de los impuestos u otras formas de sacrificio colectivo. También el gobierno debe estar dotado de instituciones adecuadas y funcionarios preparados y capaces de reconocer y aprovechar la posición y los atributos del Estado.

La necesidad de este carácter nacional es evidente a la hora de definir el potencial de éxito de un país en el espacio. Todos los estados orientados al cosmos han tratado de aprovechar la fascinación popular por la exploración espacial. La ciencia y la ingeniería deben fomentar una formación adecuada. Las entidades comerciales del sector deben contar con el apoyo de políticas públicas que recompensen la iniciativa, la innovación y la capacidad de asumir riesgos para aprovechar los vastos recursos que ofrece esta dimensión. Una Fuerza Espacial (el único uso legal de la violencia nacional en el cosmos), apoyada por una guardia civil y una reserva, debe estar preparada para proteger las rutas comerciales, para garantizar el cumplimiento razonable de las normas internacionales y las directivas nacionales, y para defender las infraestructuras sensibles de las que tanto ha llegado a depender la prosperidad mundial.

Mahan consideraba el mar como un «vasto bien común, sobre el que los hombres pueden pasar en todas las direcciones, pero del que surgen ciertos caminos bien trazados por razones de control». La geografía terrestre obliga a canalizar el comercio a través de determinados corredores naturales. Y el comercio debe organizarse de forma eficiente, para ser protegido. Según el estratega estadounidense, el Estado que fuera capaz de controlar estos corredores obtendría enormes beneficios, generando suficiente riqueza para dominar a otros Estados tanto militar como políticamente.

Según Mahan, uno de los factores del poderío marítimo en el siglo XIX era la capacidad de trasladar mercancías y capitales de forma eficiente. Según el estratega estadounidense, Gran Bretaña logró convertirse en la primera potencia mundial precisamente porque fue capaz de aprovechar una situación geográfica protegida para proyectar su influencia a lo largo de las rutas comerciales europeas. Para ello, se dotó de una flota de última generación capaz de controlar los cuellos de botella más importantes y dominar así las arterias vitales de una economía mundial cada vez más interdependiente.

El Estrecho de Sicilia se ha visto envuelto en los vientos de la competencia geopolítica que desde hace tiempo barren todos los cuadrantes del Mar Mediterráneo. 

En este embudo marítimo invertido, con la cabeza en el archipiélago de Malta y el cuello de botella situado entre Mazara del Vallo, en Sicilia, y la península del Cabo Bon, en Túnez, los actores regionales y las potencias exteriores compiten también ahora (y cada vez más) abiertamente por la primacía y por extender su influencia sobre las tierras adyacentes. Desde las arenas libias hasta los macizos tunecinos, sin olvidar a los gigantes norteafricanos de Argelia y Egipto, tambaleantes en tierra pero unidos por el mismo deseo de lograr un giro marítimo histórico. En medio está Italia, con su proverbial introversión terrenal en la cual hasta ahora también se ha hallado inversa; de hecho, veremos si con el fracaso franco-alemán de la Unión Europea Italia sigue buscando una estrategia hacia la dimensión marítima como se apuntó, aunque de forma equivocada, con el ejecutivo de Conte, y en la que Italia se esfuerza por comprender el significado de los juegos estratégicos que la rodean.

De los doce cuellos de botella que cuenta el Mediterráneo siguiendo a Mahan, los siguientes se hallan en esta zona inmediata:

  • El Estrecho de Bonifacio, es un estrecho del mar Tirreno (Mediterráneo) que separa las islas de Córcega (Francia) al norte y Cerdeña (Italia) al sur. Es navegable por las rutas oceánicas que unen los puertos del sur de España y el golfo de León con el estrecho de Mesina. La migración del atún también lo utiliza por lo que cobra especial relevancia en la pesca de este recurso.
  • Canal de Sicilia
  • Estrecho de Mesina
  • Canal de Malta
  • Canal de Otranto

En efecto, Sicilia es algo más que un interesante granero por su capacidad productora de alimentos. El mar Mediterráneo, en la doble imagen de «mar en medio de la tierra» y «mar intermediario», es el escenario principal de la historia antigua, moderna, contemporánea… y de aquella que estamos empezando a trazar ahora para el devenir. En este contexto, Sicilia ha desempeñado un papel protagonista que ahora las grandes potencias tratarán de controlar y lanzar con un Mediterráneo convertido en una pieza central del dominio y la hegemonía global, como lo fue en este momento, sobre dos pilares fundamentales: el comercio y las rutas marítimas.

El tráfico mercantil en el área mediterránea comenzó a expandirse gracias a las actividades comerciales de las civilizaciones fenicia (siglos X-IX a.C.) y griega (siglos VIII-VI a.C.). En ese periodo histórico, en Sicilia, base natural de un floreciente comercio marítimo, surgieron las emporia, precursoras de la logística portuaria, que en la antigüedad eran centros de comercio al por mayor, situados en su mayoría en la costa, con la función de mercado para la recogida y distribución de mercancías en las regiones circundantes, y todo ello asociado a un santuario.

El expansionismo mercantil de la antigua Grecia condujo al inevitable enfrentamiento con los fenicios, que se tradujo en las derrotas de las tres campañas de Sicilia (480, 410 y 315 a.C.). En este momento que estamos estudiando aquí, los romanos, convencidos de la importancia logística de la isla mediterránea, se enfrentaron victoriosamente a los cartagineses en las tres guerras púnicas (241, 202 y 146 a.C.). Sicilia estaba en el centro del conflicto entre las dos potencias mediterráneas. Su centralidad congénita como plataforma comercial y militar mediterránea se remonta así a la historia antigua. Pero, del mismo modo que Roma comprendió, resulta fundamental a la hora de unir el comercio entre África y Europa, entre el oriente y el occidente, contar con la tríada central de Córcega, Sicilia y Malta, aunque cada una de esas islas cuenta con una serie de elementos específicos, a lo que por el Occidente del Mediterráneo hay que sumar el estrecho de Gibraltar, si nos centramos en los escenarios de dominio de las Guerras Púnicas.

La disputa por la hegemonía oriental de la isla por parte de los mamertinos, mercenarios itálicos al servicio de Hierón que acabaron por ocupar Mesina por la fuerza y suplantando las vidas de sus habitantes, a los que degollaron, obligó a Hierón a derrotarlos con contundencia en la batalla de Longano (269 a.C.), momento en que los mamertinos han de buscar un equilibrio para Hierón. La primera opción es Cartago, pero también se baraja a Roma, que está al otro lado del estrecho. Al final se inclinan por Roma, que tenía acuerdos de no agresión con Cartago, además de la intervención en un área de influencia púnica como es Sicilia.

La forma en que Roma decidió romper con ambos compromisos y el entendimiento con Cartago, que fue un elemento clave en la victoria romana sobre Pirro de Epiro, se debe a la estructura social en un ascenso imparable de la nobilitas de Roma, que constituye la clase dominante romana, inmersa en un proceso de expansión de recursos y nuevas alianzas por las que está controlando la península itálica, que se desarrolla con el binomio de victorias definitivas de los samnitas en los Apeninos y Pirro de Epiro.

A ello se sumaría la incorporación de familias terratenientes a lo largo del siglo III a.C., particularmente campanas que se alían entre sí, con lo que la oferta de los mamertinos ofrece una proyección de poder interesante que empieza a ejercer presión en las estructuras de poder romano en una alianza de intereses y de clase entre romanos y campanos de la élite. Estos chocarían con los intereses de la aristocracia comercial de Cartago, habituada desde hacía siglos a considerar el espacio marcado por el mar Tirreno como una zona de influencia clara cartaginesa.

Si seguimos a Polibio (I, 10), nos damos cuenta que para los romanos, que enfrentan contradicciones tales como actuar con los mamertinos de Mesina de una manera radicalmente opuesta y sin solución de continuidad, a como lo habían hecho con Regio, al otro lado del estrecho de Mesina, deciden resolverlas porque:

“(..) los cartagineses tenían bajo mando al África  a muchas partes de Hispania y que además eran los dueños de todas las islas del mar Sardo y Tirreno, recelaban de que si también se adueñaban de Sicilia, iban a tener unos vecinos muy poderosos que les cercarían Italia por todas partes”.

Y concluye Polibio que:

“Tampoco el Senado se atrevió a otorgar la ayuda solicitada (por los mamertinos)”, y que “fue la asamblea del pueblo a propuesta de los cónsules la que, ante la expectativa del botín que la guerra pudiera proporciona, decidió prestar la ayuda solicitada”.

De tales puntos se concluye que el miedo y el interés son los factores predominantes para ese conflicto que empezó por Sicilia, se desarrolló en el mar, y cuya paz y sus consecuencias no sólo supuso para Cartago perder Sicilia, también Cerdeña, ya que los romanos aprovecharon la debilidad puntual de Cartago con las revueltas de mercenarios para excederse de los límites fijados por el tratado de paz, y demuestra lo que mencionaba Polibio, que lo que deseaban era ver libres las islas que rodean a Italia del poder de los cartagineses.

Es en este punto donde Roma da un primer paso en su concepción geoestratégica y en su visión geopolítica, que se consolidará y afirmará con el desenlace de la Segunda Guerra Púnica, pues Roma dejará de mirar paulatinamente hacia el interior para pasar a mirar al mar y después más allá del mar. Sobre esta idea ahondaremos más adelante.

El marco de las guerras. Los acontecimientos de la Primera Guerra Púnica

El primer conflicto entre romanos y cartagineses empezará en el año 264 a.C. y supondrá la disputa del dominio marítimo por parte de los romanos a los cartagineses, como primera fase de lo que hemos mencionado más arriba.

El conflicto empezó cuando un contingente militar bajo el mando de Hannón supone la presencia cartaginesa ante la fortaleza de Mesina, con la excusa de responder al llamamiento de los mamertinos, o “Hijos de Marte” y evitar de este modo la captura de la ciudad por parte de Hierón de Siracusa, que está asediando la ciudad.

Mientras tanto, Roma sí que responde a la petición de los mamertinos, pues los cartagineses digamos que interpretan las deliberaciones entre a quién llamar, si a cartagineses o romanos, como una invitación a arrebatarle el control de forma directa o indirecta de Mesina a Siracusa. Roma avanza con dos legiones, y manda una avanzadilla que se presenta por sorpresa en la ciudad. Ante tal despliegue de los efectivos que podrían llegar por parte de Roma, los cartagineses optan por retirarse, y los siracusanos mantienen el asedio de Mesina. De modo que el asalto directo a la ciudad ha fracasado para Cartago, porque el que los mamertinos no abriesen las puertas de Mesina, el esfuerzo siracusano y la avanzadilla romana que demuestra que Roma considera atender la petición mamertina son elementos que Hannón valora. Si Roma ha de desplegar el resto de las dos legiones ha de ser mediante un desembarco, así que Cartago posiciona una flota en el estrecho, y retoma los intentos para conseguir Mesina. Pero el cónsul Apio Claudio Cáudex desembarca por sorpresa en el litoral oriental de Sicilia. Ante esta situación, los siracusanos se retiran, e Hierón comprende que Roma va a iniciar una apuesta firme por el control de la isla, al igual que los cartagineses, así que se declara neutral.

El conflicto vivirá una larga fase de estancamiento en las posiciones, pues Roma controla toda la isla, con la neutralidad de Hierón en la zona oriental y los cartagineses se hacen fuertes en el extremo más occidental de Sicilia, donde están en condiciones de defenderse hasta donde haga falta. Esto lleva la guerra al medio marítimo, pues Roma comprende que si domina el mar equilibra a Cartago en su medio y la victoria en este frente acabará por decidir la guerra. Para ello logran los romanos construir una flota de dimensiones impresionantes para oponerla a Cartago y controlar, de este modo, las costas de las dos islas centrales con presencia cartaginesa: Cerdeña y Sicilia.

La nueva estrategia romana pasa también por preparar un ejército enorme y organizar una invasión del hinterland de Cartago que desafíe a la misma ciudad en su tierra. Estamos en el año 256 a.C. cuando el cónsul Marco Atilio Régulo reúne 330 naves y, tras bordear por las aguas del Adriático pone las proas de las naves hacia África. Una flota cartaginesa intercepta la flota cerca del cabo Ecnomo (sur de Sicilia), y Roma vence con contundencia a la potencia marítima de Cartago. La idea romana de llevar el combate de la tierra al mar, donde la disciplina y orden romano se puede imponer se ejecuta a través del “corvus”, o “cuervo”. Un ingenio consistente en una pasarela con elementos que permiten amarrar la nave romana a la cartaginesa de tal manera que la nave cartaginesa quede atrapada, y en ese momento, a través de la pasarela, los legionarios romanos abordaban la nave cartaginesa para combatir como si fuese en tierra.

Tras esta victoria, el camino hasta Cartago está expedito para Régulo, desembarcando sin que nadie le oponga el más mínimo obstáculo, e iniciando el saqueo sistemático del muy rico hinterland agrícola cartaginés, complicando así el abastecimiento y uno de los elementos del comercio cartaginés. Régulo vence en la batalla de Adís al ejército cartaginés y Cartago ha de solicitar el inicio de las negociaciones de paz. No obstante, Régulo hace una exhibición de la mentalidad romana. Acostumbrada Roma a pelear y verse en la obligación de vencer a sus enemigos con contundencia, pues no hacerlo implicaba una serie de riesgos para Roma, esta circunstancia hace que Régulo traslade esta mentalidad a un rival verdaderamente mucho más poderoso, rico y con capacidad de generar recursos, y acostumbrado a la victoria, como es Cartago.

Esta primera situación es fundamental para lo que sucederá con Aníbal. Cartago, deseosa de hacer la paz, considera que las condiciones de Régulo son imposibles de aceptar, y quizás otra batalla implique unas pretensiones más modestas para los romanos, de acuerdo con la tradición establecida entre los reinos helenísticos. Ante igualdad de potencia relativa, conflictos y paces relativas. Pero Roma no opina así, y Cartago desea lograr que opine así. De modo que levantan un potente ejército mercenario y confieren todo el mando militar a un espartano llamado Jantipo, líder militar muy experimentado. Este acepta el mando, pero exige reorganizar las formaciones de Cartago, adaptándolas a las exigencias tácticas que se imponen para enfrentarse a un enemigo que combate como lo hace Roma. Tras un severo entrenamiento y asegurarse que las órdenes se ejecutaban de una forma óptima.

Una vez la disciplina y la preparación táctica es óptima a juicio de Jantipo se enfrenta en la llanura del río Bagradas (255 a.C.) derrotando sin paliativos a Régulo mediante una carga de los cien elefantes entrenados que tenía Cartago a su disposición destrozando las formaciones romanas y facilitando el ataque del resto de unidades. Régulo cae prisionero de los cartagineses, y Jantipo cortará las comunicaciones entre los restos del ejército de Régulo y las bases de aprovisionamiento. Estas acciones devuelven la supremacía a Cartago tanto en el medio marítimo como en el terrestre en lo que a la costa del norte de África se refiere.

Roma no dudó en replicar preparando otra gran flota que acude a buscar a los supervivientes para devolverles a sus casas. Es interesante ver cómo, de nuevo, los romanos rompen el bloqueo y embarcan a sus hombres, pero una gran tormenta prácticamente destruye el grueso de la flota. No obstante, el balance en la lucha en el mar entre la tradicionalmente y consolidada potencia marítima cartaginesa y Roma es favorable a los romanos en términos generales, con la notable excepción de la batalla que sucede cerca del puerto de Drépano en 249 a.C., cuando el cónsul Publio Claudio Pulcro perderá ante el almirante cartaginés Adérbal, después de que el cónsul Claudio Pulcro se negase a observar un mal augurio religioso respecto a entablar combate en ese momento, perdiendo más de cien barcos y miles de hombres.

La guerra entrará en su fase final a partir del 243 a.C., momento en que Roma vuelve a realizar otro esfuerzo para preparar una nueva flota que lanzará, esa es su esperanza, contra la cartaginesa. Y aquí apreciamos ya otro aspecto interesante en los romanos: las arcas públicas estaban ya casi más que vacías, y se solicita el concurso de los ciudadanos con más recursos, que acuerdan pagar los gastos de prácticamente 300 naves nuevas. El cónsul Cayo Lutacio Cátulo se pone al frente de esta nueva armada y navegan a la punta occidental de Sicilia con la intención de cortar los suministros a las tropas de Cartago, que resisten entre Lilibea y Drépano con éxito a todo intento romano para expulsarlos de la isla, que ya controlan con la salvedad de ese punto y la neutralidad de Siracusa.

Para desarrollar el plan, la flota romana ocupa las islas Egadas o Égates e inicia el control sobre ese espacio marítimo. Cartago tiene que enfrentarse por fuerza a Roma, pues de lo contrario esas tropas, a cuyo mando está el brillante Amílcar Barca, amenazan con resistir, e incluso, con alguien tan capaz, lograr algunos éxitos. En marzo de 241 estalla la batalla definitiva que acaba con una clara victoria en el mar para los romanos, y que obliga a Amílcar Barca, invicto, a tomar el mando de sus tropas para retirarse. La Guerra ha durado prácticamente 23 años.

Sicilia está en manos de los romanos, que son hegemónicos, no sólo en la península, también en Sicilia, con sus fértiles tierras y su posición de centralidad. La superioridad demográfica romana, la red de socios y aliados que la apoyan con recursos de todo tipo a la hora de enfrentarse a un enemigo temible, su capacidad de adaptación, su inteligencia a la hora de aprender de los enemigos, la decisión del cuerpo social de vencer y su determinación absoluta en la victoria con las condiciones marcadas para Roma y su beneficio hacen que los cartagineses pierdan Sicilia, suponiendo un golpe moral y económico-comercial, considerable. Por el contrario, Cartago no contará con esa aceptación y percepción de beneficios compartidos de algún modo con el hinterland cartaginés.

El cónsul Quinto Lutacio Cátulo ejercerá la representación del Senado y el pueblo de Roma para negociar la paz. En Polibio (III, 27) tenemos una copia de las cláusulas que Cartago tuvo que aceptar: la evacuación de Sicilia y de las islas entre Italia y Sicilia, delimitación de zonas para levantar edificios públicos y reclutar mercenarios, los cartagineses pagarán en 10 años 2.200 talentos y en el momento de cerrar el acuerdo, 1.000 adicionales. Los cartagineses devolverán sin pago en rescato a los prisioneros romanos, y se desharán de la mayor parte de la flota.

Lo que sucedió a continuación será la siguiente parte que preparará el conflicto de la Segunda Guerra Púnica.

La Segunda Guerra Púnica: la construcción de las condiciones hegemónicas definitivas de expansión

La derrota cartaginesa en un conflicto tan largo como fue la Primera Guerra Púnica preparó el camino para el siguiente conflicto con Roma.

Recordemos que la estrategia de Roma al principio del conflicto era agresiva y estaba encaminada a controlar todas las islas que rodean a Italia y que aún no lo hacía, particularmente, las islas donde Cartago tenía una implantación agrícola y comercial, las fundamentales Sicilia y Cerdeña.

Por el tratado de paz, queda claro que Sicilia y las islas que hay entre Sicilia e Italia eran de dominio romano, no así Cerdeña ni Córcega. Los acontecimientos que se sucedieron en Cartago permitieron a los romanos cumplir todos los puntos de su estrategia.

La derrota implica que en Cartago estalle una gran confrontación con motivo de la política interna y el proceso de redefinición estratégica de los cartagineses. Dos grupos acaban absorbiendo el conjunto de opiniones, y ambos grupos se polarizan y se enfrentan, pasando a achacarse mutuamente la responsabilidad de la derrota ante Roma.

En este contexto llegan a la ciudad Amílcar Barca y las tropas cartaginesas, incluidos mercenarios, que son licenciados. Se han mantenido por más de dos décadas leales a Cartago, han peleado con mucha eficacia en el caso de las tropas puestas bajo el mando de Amílcar, al que han obedecido en todo… pero anteriormente, las deficiencias demográficas que eran compensadas en el campo militar con los servicios de los mercenarios. Lo que exigen es lo normal después de la fidelidad demostrada, el pago íntegro de la paga, pues necesitan sentirse compensados por las privaciones y esfuerzos realizados. En ese momento los negociadores se muestran titubeantes a la hora de satisfacer lo adeudado y su comportamiento se acerca a la mezquindad, con lo que las relaciones entre Cartago y estos mercenarios empiezan a tensarse cada vez más.

Todos los recursos exigidos y las condiciones impuestas a Cartago fortalecen a Roma y a sus oligarcas, adquieren la riqueza de Sicilia… y al final de los acontecimientos que veremos brevemente a continuación, suman también el control de Cerdeña y Córcega. Los tributos y riqueza natural de las nuevas adquisiciones implican la organización administrativa de Sicilia situando un cuestor que se halla en Lilibea. A partir del 238 a.C. Córcega y Cerdeña pasaron a estar también controladas por Roma, para las que delegó pretores con la finalidad de que actúen en calidad de gobernadores y afiancen así el dominio romano en la región.

A partir de este momento, Roma ya es una nueva gran potencia con capacidad hegemónica para el Mediterráneo central y puede empezar a planificar el proyectarse hacia su vecindad, con más recursos, más excedentes, más tributos, años de paz por delante y una buena parte del antiguo comercio cartaginés ahora bajo su control. Las monarquías helenísticas herederas del Imperio de Alejandro Magno y que tienen vecindad estratégica en el Mediterráneo inician relaciones diplomáticas con los romanos, a los que perciben como potencia occidental con capacidad de influir cada vez mayor y a la que hay que tener en cuenta para el futuro, y que se proyectará rompiendo por primera vez su pensamiento geoestratégico tradicional cruzando el Adriático desempeñando las armas romanas dos guerras, la primera entre 229 y 228 a.C. y que estalló por el ataque a las rutas comerciales romanas a través del Adriático por parte de las tribus ilíricas que obedecían a la Reina Teuta, y cuyo poder estaba en ascenso, además de por la piratería.

La intervención de Roma implicó el control romano sobre las ciudades griegas de Epidamno, Corfú y Faros, donde Roma estableció un protectorado; y donde ascendió al trono de Iliria Demetrio de Faros como competidor de la Reina Teuta, el cual tras 9 años de entendimiento percibe una ventana de oportunidad para ampliar sus dominios y esfera de poder aprovechando el conflicto que Roma tiene con los celtas de la Galia Cisalpina. Este hecho lo animó a construir 90 barcos y desafiar el tratado que él había establecido con Roma al llegar más al sur de Lissus (la actual Lezhë, al noroeste de Albania), cosa que supuso la declaración de la Segunda Guerra Ilírica, entre 220 y 219 a.C. y que dejó a Demetrio de Faros derrotado y refugiado en la corte del rey Filipo V de Macedonia, que animó al rey macedónico a oponerse a Roma con el contexto de la Segunda Guerra Púnica.

El conflicto en Cartago y la definición de la estrategia a seguir

Surge una disputa, que seguramente estaba latente, por la hegemonía en la ciudad norteafricana, ¿qué había reportado la política ultramarina de Cartago? Una guerra con Roma. ¿Y si en lugar de mantener esta política conviene extenderse por todo el norte de África ampliando la base agropecuaria en detrimento del poder de los comerciantes y artesanos?

A partir del siglo V a.C. Cartago deja de pagar tributos a los númidas y libios y empieza primeramente una expansión territorial a la par que la actividad allende los mares reportaba un poder creciente: las colonias de Ibiza, Cerdeña, Córcega, Sicilia, Malta y las establecidas en Iberia o Hispania convertían el Mediterráneo en un lugar de expansión cartaginesa. A todo ello, las necesidades de suministros y de alimento repercuten en una expansión territorial, afirmándose en grandes zonas del actual Túnez, cuyas bases son las fértiles tierras del valle del río Bagradas y, ante todo, la península del Cabo Hermes; y, allí es dónde la expansión cartaginesa se hace más fuerte. Paulatinamente se van incorporando nuevas tierras que pertenecen a la esfera de poder de Cartago que han de satisfacer a las poblaciones libias que ahora pasan a depender de Cartago. El ejército se convierte en el siglo V a.C. en un factor de poder que entronca con ambos brazos de concentración de poder político: los comerciantes (conquista de partes de Sicilia) y en el norte de África, con la mencionada expansión.

El enfrentamiento con posiciones de disputa en la centralidad del Mediterráneo lleva a Cartago a la guerra con dos potencias que planean arrebatarle a Cartago esa posición, como son Siracusa y Roma. De hecho, ambas potencias realizarán la misma acción estratégica: llevarle la guerra a Cartago a su hinterland, tal y como Agatocles, Marco Atilio Régulo, Publio Cornelio Escipión que se llamaría por su éxito “Africano”, y Publio Cornelio Escipión Emiliano (llamado Africano Menor y Numantino). El primero lo hizo con dos expediciones contra Cartago, donde hubo una expedición por el territorio de alrededor a Cartago, cabe pensar si con la idea de establecer colonias y comercio, según Diodoro Sículo XIX-XX; las otras tres corresponden a cada una de las tres guerras púnicas. En todos los casos, en guerra contra Cartago.

Este hecho supone una sensación de peligro inusitado para los cartagineses, acostumbrados a resultar victoriosos y llevar ellos la iniciativa y la guerra en el norte de África contra númidas y libios, hasta tomar lo que ellos ansiaban y alcanzar los pactos que a los cartagineses convenía. El desplegar ejércitos capaces, efectivos y bien dirigidos causaba un pánico notable entre los cartagineses, temerosos además de que, al igual que logró Agatocles, devastasen su territorio, tomasen ciudades y cerrasen acuerdos con aliados que los traicionaban, deseosos de librarse del yugo impuesto por los cartagineses, a diferencia de los romanos, que pueden contar con la solidaridad e intereses compartidos de grupos que resultan fundamentales. La forma en que Cartago domina el territorio resulta agresiva, no integradora, punitiva y se basa en la amenaza de una guarnición militar.

En medio de la Primera Guerra Púnica Hannón llevó a cabo una campaña que lo llevó hasta el borde del Sáhara, en Teveste, expandiendo el dominio cartaginés hasta un punto no visto. Tal campaña perseguía sanear las finanzas para poder mantener el esfuerzo de guerra después de años contra Roma en Sicilia. A ello se suma que tal punto no es suficiente, con lo que a los campesinos libios sometidos a Cartago se les exige la mitad de su cosecha como tributo. Este acontecimiento es fundamental, pues mientras Hannón representa la base agropecuaria de la riqueza y el poder, otro general sale simultáneamente en dirección contraria, hacia Sicilia, para mantener la guerra en la isla, se trata de Amílcar Barca, y representa la otra vertiente del poder oligárquico cartaginés: el comercio. Este acontecimiento sucede en 247 a.C., y es este precisamente el año en que nace Aníbal Barca.

Definidos los antecedentes (y contendientes) en esta pugna por definir la hegemonía de Cartago en la derrota se producen los acontecimientos que propiciarán la definición de la política exterior de los cartagineses. La falta de pago de los mercenarios, como ya se ha dicho, provoca la rebelión de aquellos que habían combatido con valentía, eficacia y lealtad a cambio de una paga que ahora se les escatimaba. Con la diferencia que ahora no están lejos de Cartago, más bien lo contrario, y esto provoca una oleada de solidaridad de muchas tribus que ven la ocasión de hacer negocio el resultado es un alzamiento en armas de esos mercenarios.

Bien podría ser que quizás Hannón viera la oportunidad de deslegitimar a Amílcar Barca, “esos mercenarios tuyos se han rebelado”. Claro, que para eso debía “salvar” a la patria. Por esa razón, Amílcar Barca se hace cargo de la situación y adiestra a sus tropas para poder afrontar las circunstancias sobrevenidas. Al principio cuenta con unos 10.000 hombres. Llega su ejército Amílcar Barca a la desembocadura del Bagradas, en pleno hinterland cartaginés, una de sus grandes bolsas de riqueza. Los rebeldes son capitaneados por un libio llamado Matón y un campano (itálico, en la región de la actual Nápoles) llamado Spendios. Con ello Amílcar aleja a su enemigo de Cartago, y se reorganizan y convencen a libios y númidas para que algunos de ellos se les unan, y empiezan a acosar a Amílcar, que se ve en la necesidad de iniciar una retirada hacia el interior del país y alejarlos de Cartago, además de Útica e Hipona, que están siendo asediadas por Matón.

Amílcar cae en una emboscada y queda encerrado en un barranco rodeado de montañas llamado Khanger-el-Hajhadj. En ese momento, un príncipe númida llamado Naravas traiciona a los rebeldes y se pasa a Amílcar, forjando con él una alianza, que incluirá el matrimonio con la hija de Amílcar, hermana mayor de Aníbal.

Ante tal situación Amílcar cambia de estrategia, ofreciendo la conciliación y el perdón, y libera unos prisioneros como signo de buena voluntad, ante tal situación los líderes se sienten abandonados y replican torturando y asesinando a los rehenes cartagineses. Una situación parecida a la quema de naves que hiciera en su día Agatocles al desembarcar en África: no hay marcha atrás, sólo hay un camino, pelear hasta el fin.

Con tales acontecimientos Hannón suma sus fuerzas a la de Amílcar, que hasta el momento operaban por separado, pero la cooperación fracasa en la rivalidad política que enfrenta a ambos y en determinar ante Cartago cuál de los dos sería el conjurador de tal peligro para Cartago. Con los celes renovados, Útica e Hipona caen en manos de los mercenarios y avanzan para ponerle cerco a Cartago. Pero los cartagineses rompen el asedio con firmeza, y Amílcar Barca se lanza en su persecución, no obstante, los mercenarios logran una victoria ante la ciudad de Túnez, y son ya tres años de guerra con los mercenarios para volver al punto de partida. Cartago moviliza todos sus recursos y obliga a Amílcar y a Hannón a operar juntos y ponen finalmente una conclusión a la guerra favorable para Cartago en 238 a.C.

Será en este contexto cuando Roma se haga con el control de Cerdeña y Córcega, rompiendo las condiciones del tratado, y haciendo que Cartago no pueda emprender una declaración de guerra que Roma sabe que puede hacer. Las grandes islas que rodean Italia son todas suyas.

La definición de una nueva proyección geopolítica para Cartago

La primera opción posible es concentrar los esfuerzos en ampliar el poder de Cartago en todo el norte de África, renunciando a una nueva proyección más allá del mar. Esta es la propuesta del partido terrateniente, y por consiguiente, de Hannón. Pero realizar esta política significa desencadenar una guerra de venganza contra libios y númidas, y exponer a la ciudad a nuevos tormentos, por no hablar de Útica e Hipona. El modelo del Egipto de los Ptolomeos, un modelo basado en una explotación de las riquezas de un país extenso y fértil, con nudos comerciales, pero basado en la concentración de la inmensa mayoría de las tierras en el norte de África es el modelo que ofrece Hannón a Cartago.

A ello ofrece Amílcar una nueva dimensión de la tradicional hegemonía comercial, que aúna tanto a comerciantes como a artesanos. A ello hay que sumar que se trata de satisfacer 2.200 talentos que exige Roma y 1.200 talentos que hay que añadir y que los romanos sacar además de Cerdeña. A esto hay que sumar materias primas que antes proporcionaban Sicilia y Cerdeña y que permita, al igual que había sucedido, lanzar un imperio comercial.

El objetivo es la península ibérica, ya que allí abundan elementos clave, tales como el hierro, la plata, el estaño, el plomo, además de una potencia demográfica de la que Cartago escasea en forma de mercenarios que equilibren a los númidas y libios, ahora en tensión con ellos y que conviene distender la política. Otro argumento a favor de Amílcar, pues ha casado a su hija con un destacado númida. En contra de Hannón pesa la mala gestión de lo sucedido con los mercenarios, pues él provocó con su actitud el levantamiento, la proximidad del escenario de guerra, lo sucedido con miembros de tribus númidas y libias que podría soliviantar a ambas y contar con la sombra de Roma, que ya había demostrado su capacidad para aprovechar las circunstancias contra Cartago. Artesanos y comerciantes se oponen a Hannón, que tan sólo cuenta como masa a favor a los terratenientes.

Amílcar ha demostrado estar invicto cuando a dado una batalla, puso a los romanos en jaque en Sicilia y si hubiera contado con tiempo, quizás hubiera cambiado la situación, amplias capas de la población y a nadie escapa que fue su conducción de las tropas, cuando por fin Hannón quiso colaborar con él obligado por las circunstancias, lo que condujo a la victoria.

Amílcar vence a Hannón, y al primero se le concede el mando supremo de Libia como nueva tarea político-administrativa para que obtenga todas las competencias y poderes necesarios para lanzar su expedición a Hispania. ¿Por qué Hispania? Además de por las razones aducidas, la península ya es una zona muy conocida por los marinos y comerciantes cartagineses, además desde el siglo V a.C. Cartago tiene un comercio cada vez más intenso con varios puertos de la península ibérica, además de asentamientos fenicios, pues recordemos que los cartagineses son una colonia de los fenicios de Tiro, además de buenas relaciones con turdetanos e iberos.

Será desde su cargo dotado del mando supremo de Libia como Amílcar preparará toda una serie de acciones diplomáticas con los fenicios y con los pueblos autóctonos de la península que tengan un valor estratégico a la hora de llevar a cabo su proyección geopolítica. A ello se suma un hecho interesante, por lo menos para ganar tiempo, la península ibérica está, de momento, fuera de la inmediata acción de control directo de Roma, que como ya hemos visto pondrá su atención en el Adriático y en las tribus celtas de la Galia Cisalpinas, en el valle del Po.

A partir de ahora, con Cartago agotada por las guerras, las pérdidas y sus complejas consecuencias, todo queda en manos de los Barca. Serán ellos lo que con su acierto salven a Cartago, o con su fracaso la hundan, posiblemente sin remedio. Al igual que los magónidas fueron la familia aristocrática a cuyo éxito se confió Cartago en la expansión hacia Cerdeña y Sicilia de los siglos anteriores, ahora los bárquidas serán los que delimiten el futuro hispánico de Cartago.

En su primera adolescencia Aníbal Barca es consciente de lo sucedido con los mercenarios y de cómo su padre y Hannón habían actuado. De todo ello concluye Aníbal, y los bárquidas, que la guerra no debe llegar nunca al norte de África en un conflicto contra Roma, y también aprenderá que, debido a la falta de potencia demográfica, Cartago depende de mercenarios, y que estos deberán ser tratados muy bien bajo su mando, quedando siempre muy clara la cadena de mando. Tendría que inspirar lealtad sin precedentes en una tropa que no está combatiendo por su propia voluntad, ni en defensa de su patria, su familia ni sus tierras, tan sólo por dinero.

Con la flota limitada por el tratado de paz favorable a Roma, Amílcar sigue el curso de la costa del norte de África hasta llegar al estrecho de Gibraltar, donde una flotilla cartaginesa les provee de suministro y organiza una “cadena”, para salvar los 14 kilómetros que separan en este punto África de la península ibérica. Aníbal tiene 10 años, y están en el séquito junto a sus hermanos Asdrúbal y Magón.